Ahí va un tópico,
me obsesiona
una constelación de lunares bajo el vestido.
El tuyo, claro,
consecuencia del color del café de esta mañana.
Lo sé,
demasiado utilizado, pero joder
no tengo la culpa de mis alucinaciones.
El caso es que no se va.
Como ninguno de mis rituales,
acabo de tirar la basura con la mano izquierda,
como siempre,
de mirarme al espejo del ascensor antes de salir a la calle,
por si las ojeras,
por si cambiar de acera si me cruzaba contigo.
Odio la maldición de los condicionales...
aquí,
hasta a las diez y pico de enero
por una calle vacía.
Lo siento,
es lo que quería decir en realidad,
lo siento.
Sí, es absurdo,
pero me ha dado por pensar
que mi derecho a quererte también desde lejos
puede hacerte algún daño,
y no tengo intención de dejar de hacerlo.
Porque es mío.
Y yo no soy culpable de que me convencieras
de que eres la hostia con bragas y sin ellas,
de que me dieses de respirar unas cuantas noches en vela,
y sí de que te hayas ido,
de no aceptar el olvido a plazos,
de dedicarte todos los libros,
los tópicos, los lunares, los ombligos,
los clítoris consentidos que a veces busco
para ponerles tu voz.
La culpa es de los fracasos,
de la ONU y los derechos humanos
a no dejarse perder.
De los teléfonos sin línea de metro hacia tu piso.
Así que me perdonarás los gritos,
que no cancele mis vuelos a otras bocas, pero siga,
de vez en cuando,
durmiendo en la sala de espera de tu aeropuerto.
miércoles, 7 de enero de 2015
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