Eras una pared de piedra
tan inmensa,
tan labrada,
tan adornada por la indiferencia.
No encuentro el lugar
que te sucede.
Y camino por la ciudad
como un resto,
como una llave
indiferente
a todo lo que abre.
viernes, 27 de abril de 2018
No debiera
No acierto con el estribo
en madrugadas como esta.
No existe el camino marcado,
el camino terco,
el ser dogmático de los muebles.
Miro a mi alrededor
y todo me observa
expectante.
¿Qué harás con el tiempo?
Me bebo la contingencia
en una copa de Mahou
que me acoge el vino de reserva
y de la tienda de la esquina.
Me tiemblan las tripas de recordarte.
Es hora de dormir.
Quizá no debiera.
en madrugadas como esta.
No existe el camino marcado,
el camino terco,
el ser dogmático de los muebles.
Miro a mi alrededor
y todo me observa
expectante.
¿Qué harás con el tiempo?
Me bebo la contingencia
en una copa de Mahou
que me acoge el vino de reserva
y de la tienda de la esquina.
Me tiemblan las tripas de recordarte.
Es hora de dormir.
Quizá no debiera.
Trastienda
Enfoco en la cocina
tu cadera informal,
cubierta de trabajo.
Te has estirado a recoger algo
de la estantería.
Vistes de azul,
me recuerdas
a la voz de Hooker.
Oscura.
Me pregunto si vago
en una labor inútil
mientras te muestras ante mí,
tan sólida como las nubes de mi tormenta.
Ojalá
te permitiera acercarte,
tal vez
si no existiera el estruendo,
si no existiera.
tu cadera informal,
cubierta de trabajo.
Te has estirado a recoger algo
de la estantería.
Vistes de azul,
me recuerdas
a la voz de Hooker.
Oscura.
Me pregunto si vago
en una labor inútil
mientras te muestras ante mí,
tan sólida como las nubes de mi tormenta.
Ojalá
te permitiera acercarte,
tal vez
si no existiera el estruendo,
si no existiera.
Vivencias
Yo viví en una buhardilla.
Hoy,
esta noche,
recuerdo sus paredes marrones,
inclinadas,
como de tierra,
como de tumba.
Un nicho pagano que me contuvo
igual que un lapso de realidad empaquetada.
Me asomaba a sus ventanas en ángulo
cuando llovía,
de pie en el sofá,
respirando
un pueblo que se me iba.
Olía los tejados.
Se sentaron en mi buhardilla,
unidos en una goma,
cromos de existencia,
amigos,
gatos,
cubiertos
y aquella boca entreabierta.
Dormí una noche en su suelo,
como si la madera
pudiera ser tu útero
o una cama.
Yo viví en una buhardilla
llena de libros,
a dos pasos de los jardines
y nada fue
como si nada.
Hoy,
esta noche,
recuerdo sus paredes marrones,
inclinadas,
como de tierra,
como de tumba.
Un nicho pagano que me contuvo
igual que un lapso de realidad empaquetada.
Me asomaba a sus ventanas en ángulo
cuando llovía,
de pie en el sofá,
respirando
un pueblo que se me iba.
Olía los tejados.
Se sentaron en mi buhardilla,
unidos en una goma,
cromos de existencia,
amigos,
gatos,
cubiertos
y aquella boca entreabierta.
Dormí una noche en su suelo,
como si la madera
pudiera ser tu útero
o una cama.
Yo viví en una buhardilla
llena de libros,
a dos pasos de los jardines
y nada fue
como si nada.
domingo, 22 de abril de 2018
Cuando ya no esté
No quiero ser más.
Sólo una arruga en el tejido
de esas sábanas tan anchas,
una mancha tenue en la piel
de un índice que a veces marca.
No,
no pidáis que quiera
ser motivo
y luego escarcha
o malograr algún paso
más allá de la distancia,
cuando ya no esté.
No quiero ser más.
Ni constancia en la memoria
ni una foto enmarcada,
sólo esa mesa, no muy alta,
donde encaramas los pies
cuando regresas,
cuando descansas.
Sólo una arruga en el tejido
de esas sábanas tan anchas,
una mancha tenue en la piel
de un índice que a veces marca.
No,
no pidáis que quiera
ser motivo
y luego escarcha
o malograr algún paso
más allá de la distancia,
cuando ya no esté.
No quiero ser más.
Ni constancia en la memoria
ni una foto enmarcada,
sólo esa mesa, no muy alta,
donde encaramas los pies
cuando regresas,
cuando descansas.
domingo, 15 de abril de 2018
Fotografías
Clavé en la puerta de mi armario
cuatro fotos gallegas.
La primera es una estancia,
una noche
en un claro de bosque y de ausencia,
donde me senté a escribir.
La segunda es una playa que atardece,
una definición de ocaso
con dos mares que se enfrentan,
un puñado de nubes
como si los dedos de Dios
pudiesen ser tela rasgada.
La tercera es un tronco varado,
un viajero podrido a medias
que descansa.
La última es el camino,
es la fraga que busqué
igual que un aliento o un collar
para mi cuello ante el espejo.
Cada día duermo frente a ellas
como si fueran la firma
de mi testigo.
cuatro fotos gallegas.
La primera es una estancia,
una noche
en un claro de bosque y de ausencia,
donde me senté a escribir.
La segunda es una playa que atardece,
una definición de ocaso
con dos mares que se enfrentan,
un puñado de nubes
como si los dedos de Dios
pudiesen ser tela rasgada.
La tercera es un tronco varado,
un viajero podrido a medias
que descansa.
La última es el camino,
es la fraga que busqué
igual que un aliento o un collar
para mi cuello ante el espejo.
Cada día duermo frente a ellas
como si fueran la firma
de mi testigo.
sábado, 14 de abril de 2018
Pacientes
Mis gatos conocen mis pasos.
Cuando apoyo el talón
en el primer escalón del bajo,
se colocan.
Ya arriba, abro la puerta y están,
esperando,
como un estrago en la niebla.
Noto la casa caliente,
como si fueran de hoguera
y no de gato,
sus pequeños pies.
Mis gatos conocen mis pasos
pero no de dónde vienen.
Nada saben de los almendros
ni del oasis tranquilo,
deshabitado,
en el que montaba en bicicleta.
No pueden recordar, desde luego,
mi balón de pentágonos rojos
ni el primer día de universidad
ni el agua que cubre, embalsada,
parte de la fraga de Cecebre.
Nunca me han preguntado
por los otros lugares
a los que pertenezco.
Pero conocen mis pasos y están
detrás de la puerta.
Pequeños seres
que arrinconan la soledad.
Ya no puedo cruzar el umbral
sin preguntarme
si no merecen ser libres.
Cuando apoyo el talón
en el primer escalón del bajo,
se colocan.
Ya arriba, abro la puerta y están,
esperando,
como un estrago en la niebla.
Noto la casa caliente,
como si fueran de hoguera
y no de gato,
sus pequeños pies.
Mis gatos conocen mis pasos
pero no de dónde vienen.
Nada saben de los almendros
ni del oasis tranquilo,
deshabitado,
en el que montaba en bicicleta.
No pueden recordar, desde luego,
mi balón de pentágonos rojos
ni el primer día de universidad
ni el agua que cubre, embalsada,
parte de la fraga de Cecebre.
Nunca me han preguntado
por los otros lugares
a los que pertenezco.
Pero conocen mis pasos y están
detrás de la puerta.
Pequeños seres
que arrinconan la soledad.
Ya no puedo cruzar el umbral
sin preguntarme
si no merecen ser libres.
jueves, 12 de abril de 2018
En mil instantes concretos
Lo recuerdo como un susurro,
como una mínima perturbación del aire,
una nota a destiempo en la cuerda del violín
por descuido del intérprete
al dejar caer su brazo.
No
debería
estar ahí.
Lo recuerdo, ahora,
como una singularidad,
ese punto del espacio y del tiempo
que se colapsa deforme,
una brizna de sangre
en la corteza de este árbol metálico.
No existen más abrazos
para el encadenado.
Pero de vez en cuando recuerdo
que sucedió.
como una mínima perturbación del aire,
una nota a destiempo en la cuerda del violín
por descuido del intérprete
al dejar caer su brazo.
No
debería
estar ahí.
Lo recuerdo, ahora,
como una singularidad,
ese punto del espacio y del tiempo
que se colapsa deforme,
una brizna de sangre
en la corteza de este árbol metálico.
No existen más abrazos
para el encadenado.
Pero de vez en cuando recuerdo
que sucedió.
jueves, 5 de abril de 2018
La Latina
Veo caer la nostalgia
con la cabeza vuelta a las azoteas.
Es una sábana leve,
en su salto mudo,
que se descuelga por accidente de aquel tendedero.
Aquél,
el de las cuerdas desniveladas,
el de las pinzas de colores agarradas a la tela
como queriendo cerrarle las venas
al olvido.
Madrid es sucio, a veces,
bajando por Bastero.
Se mezclan basura y pasos con un Luis muy pequeño
y con algunos cabellos de antes,
muy curvados,
como caderas grises sentadas en el cemento.
Madrid es sucio,
a veces,
bajando por Bastero.
con la cabeza vuelta a las azoteas.
Es una sábana leve,
en su salto mudo,
que se descuelga por accidente de aquel tendedero.
Aquél,
el de las cuerdas desniveladas,
el de las pinzas de colores agarradas a la tela
como queriendo cerrarle las venas
al olvido.
Madrid es sucio, a veces,
bajando por Bastero.
Se mezclan basura y pasos con un Luis muy pequeño
y con algunos cabellos de antes,
muy curvados,
como caderas grises sentadas en el cemento.
Madrid es sucio,
a veces,
bajando por Bastero.
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