Acunada la garganta por los violines del tango,
desistiremos por un rato de la furia.
Apoyaremos la espalda,
los dientes y el fango
en el cojín espeso de la rendición.
Cambiaremos las plumas y el gallo
por el exilio y la tinta,
la trinchera impaciente,
la bayoneta,
por una mano que tiembla y que pinta,
que sangra de letargo y estigmas,
de muerte,
de miedo,
de líneas.
Acunada la huida por los violines del tango,
desistiremos por un rato de la lluvia.
Tendremos un techo,
una alfombra,
una habitación con tablero
de casillas rectas y blancas
como la sombra.
Morirá el rey
a los pies de los caballos,
escupiremos la corona sólo por un rato
y mañana al frente,
al frente bien armados,
no vaya a ser que el pelotón
dude algún día
que el desertor
sigue siendo un mal soldado.


