Entre el índice y el pulgar de la mano derecha tengo un arañazo,
en la nevera,
un par de secretos de cerdo, alabadas las metáforas,
con una pinta excelente,
cerveza,
algo parecido al vinagre,
y unas cuantas fotos de septiembre fijadas con imanes.
Una es una estación vacía,
muy gris,
otra un bosque encantado en que me perdí en busca de un claro,
punto de reunión para las criaturas mágicas según el guía,
y donde no apareciste,
la garita de Herbeira,
y un banco de madera con vistas,
al océano
y al abismo.
Fue un viaje interesante.
En la habitación un escritorio
donde te desnudo a veces y practico contigo el sexo (in)consentido
que acarrea penas más jodidas que la bendita cárcel,
también una cama, dos mesillas, un frasco de arena del desierto,
los National Geographic, y tres carteles de cine.
Dos ojos en el espejo del baño rozando la miopía,
en el salón, un techo inclinado a casi cuarenta y cinco,
no sé cuántos libros que no he leído,
un cenicero hambriento de tus cenizas y,
cuando vuelvo del trabajo,
también estoy yo.
Recorriéndolo todo,
tocando,
escribiendo,
cocinando,
limpiando el polvo,
follando con otras
a las que devora tu nombre postcoito,
mantis de tu propia religión.
Un ser con tendencia a la entropía y a necesitarte,
como todo ente biológico relativamente cuerdo.
El tipo que mira por las ventanas y sabe,
con tres cuartos de certeza,
que toda esta mierda no es lo mismo,
que extraño
cada maldita madrugada de tus miedos y mis vendas.
lunes, 12 de enero de 2015
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