Algunas noches uno llega a casa en silencio y le da por escribir.
Y la espuma de la cerveza se cuela por las grietas de la piel que han dejado ya 37 años,
y unas cuantas docenas de daños,
co-laterales,
co-rregidos,
o no.
Y el resto del universo se divierte afuera vestido de monstruo
cuando firmo la capitulación
y se me caen los disfraces en el espejo del baño de arriba.
Y surge la arritmia de mis letras en tu boca,
y la hemorragia parcial de todas las verdades que se me van cayendo por los pasillos.
Y la verdad es que no he encendido la luz por no mirarme,
y hace frío en el salón,
y cuelgo los cuadros torcidos,
y la gata se me enreda en el pecho buscando calor preguntándome por ti al oído.
Y yo no sé cómo explicarle.
Y hay cuatro libros cerrados sobre la mesa,
y en ninguno
se cuenta cómo coger el lápiz para escribir adiós.
La verdad sigue siendo tu cuerpo,
y seis gotas de esperma dibujando tu espalda a oscuras en mi habitación,
y dos barras de incienso para esconder el olor del tabaco,
y tu miedo al yo desesperado,
y una calle desierta bajo el balcón... si lo tuviera.
Incluso tu coche aparcado dos noches seguidas
y yo con los ojos cerrados y la rubia fría,
desviando miradas... huyendo.
Temblando.
El vacío es la arena del desierto en el lado izquierdo de mi cama,
un sueño dormido a medias,
un telegrama en recepción cuando vuelvo de la vuelta de la esquina.
Que te quiero, coño.
¿Cómo quieres que lo diga?
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