las ventanas sin cortina
que dan a calles estrechas de Amsterdam,
el blanco y negro en la pantalla y en las fotos
transformando el gris en arte...
un momento,
espera,
espera,
eso era sólo envidia.
No sé vivir sin puñetazos sobre la mesa de la rutina,
sin los kilómetros en perspectiva,
sin rozar el vacío del tanque
de la gasolina, sin números primos,
ni de circo de payasos
allá por la tercera pinta.
Me duele el índice de la mano derecha sin motivo,
y el de tu agenda sin mi nombre en cualquier esquina.
Tengo achaques nocturnos
cuando no firmas mis recetas, y la tendencia innata
a la pedantería de bar
como desagüe del alcohol y la nostalgia.
Adoro las excursiones sin víveres al centro de tu universo
y de tu cama,
escribir en tu ausencia como si estuvieras
escondida en el armario de las sábanas, agachada
en el asiento de atrás
mientras escapamos de las oficinas
y el órdago,
esta vez,
no tiene cartas marcadas.



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