Y un día dejé de pelear,
saqué mi cuerpo magullado de las trincheras,
y, allí enfrente,
todos los soldados del enemigo tenían mi rostro,
mis ojos,
mi terror,
todos eran hijos de mi padre
y habían crecido en el útero de mi madre.
Dejamos caer los fusiles,
recogimos miembros amputados,
bebimos cerveza,
fumamos,
usamos el barro de las botas
para dejar rastro
y el frío de las manos
para esconderlas bajo la falda de las enfermeras.
Ya no hay guerras civiles más allá de mis pulmones,
ni le vomito al espejo,
y si me da por temblar
siempre es por factores ambientales externos
que merecen la carne de gallina
en pucheros donde comerse la vida,
como,
por ejemplo,
tu tormenta.
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