Cada noche,
con pulcritud de escriba,
mis huesos,
quebradizos como de espina,
me dejan salir.
Hoy he visto leones blancos
y, en su lomo,
ligeras gotas de sangre,
huellas del rito del hambre,
minúsculos universos
rojo inerte.
Pastoreaban,
efigies del poder inmóvil,
una recua de caballos,
tan de carne,
tan lejos de mí,
que casi impedía tocarlos.
Al despertar,
un hombre de armadura y lanza,
en estricto silencio castrense,
custodiaba mi lado de la cama.
Había miedo en la ventana,
un aullido tenaz.
Cada mañana,
con pulcritud de escriba,
la puerta de casa,
chirriante como de vida,
me deja salir.
No contaba hoy con el frío
ni las sombras
ni el febrero
de la nieve sucia y ausente,
la misma que siempre miente,
siempre,
siempre...
en Madrid.
viernes, 10 de febrero de 2017
viernes, 3 de febrero de 2017
Patriota
Mi Patria es mi padre y mi madre,
el hábito del Carmen de mi abuela,
la sangre que me calienta
aun siendo la sangre ajena.
La estufa desamparada,
estufa de dos resistencias,
para templar pantorrillas,
manos,
huesos,
las mañanas de Maicena.
Mi Patria es el hombre acodado,
acodado y a la espera
del autobús sucio y triste
que llegaba de la escuela,
mi asmático continente,
mi humeante Setra Seida,
siempre derecho y al frente,
hacia el mundo y sus rayuelas.
Mi Patria son cuerpos y nombres,
con su vida o ya sin ella,
son hermanos rezagados
en el caos de la contienda,
son todos los que me olvido,
descastada mente vieja,
y que merecen estar
en esta página muerta.
Mi Patria se infesta de exilio
pero nunca fue la tierra.
La tierra es un accidente.
La tierra no es más que tierra.
jueves, 2 de febrero de 2017
Lactancia
La calle es una llaga de penumbra
que desangra la ciudad.
He de entrar.
Oigo gritos a la espalda,
el látigo bífido del tiempo.
Estalla.
Golpea.
La carne se tensa
para recibir el castigo.
He de entrar.
La oscuridad protege a sus hijos,
los amamanta,
les da calor...
¿Verdad?
que desangra la ciudad.
He de entrar.
Oigo gritos a la espalda,
el látigo bífido del tiempo.
Estalla.
Golpea.
La carne se tensa
para recibir el castigo.
He de entrar.
La oscuridad protege a sus hijos,
los amamanta,
les da calor...
¿Verdad?
Elevada meditación en respetable local
Sus dedos grotescos me señalan,
milenarios,
con nudos en la madera.
"No puedes pasar.
El hielo ha fijado la entrada.
No hay acceso al nicho del paria.
Hasta nueva orden.
Hasta el calor."
Sus labios grotescos me sonríen,
lapidarios,
con grietas de lecho seco.
La rendición ha capitulado,
retira los navíos,
no es el fin.
Sigamos,
pues,
con la cerveza.
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