El atribulado Nadie
puede llegar a ser tóxico,
lanzando su bilis al aire
como un canto rodado y renal,
como un estúpido cólico.
Algunas mañanas invernales se despierta,
se va al curro sin querer
y con la bragueta abierta,
precavido,
para mearse en la primera esquina
de su inmunda mente dolorida
y sumergirla,
ahogarla,
en caliente, analgésica y humeante orina
y qué mas quisiera que olvido.
Esas mañanas
la delicada gente que se cruza es grotesca,
como las penitencias de El Bosco
o el amarillo de un puñado de costo,
como dos viejos a la gresca.
Y así,
nuestro querido Nadie
que tampoco es profeta en su tierra,
marcha calzado en mala hostia,
calando gorra y bayoneta,
a su crónica dolencia...
a su interminable guerra.
¡Civil, por supuesto!
Tampoco es cuestión de asesinar al resto.
Los inevitables daños colaterales
van a ser los buenos días
a todos esos sonrientes anormales
que se cruza en el ascensor.
El atribulado Nadie
puede llegar a ser tóxico algunas de esas mañanas
de cuerpo y alma en frío y palangana,
no dejéis de quererle...
por favor.
jueves, 26 de noviembre de 2015
martes, 24 de noviembre de 2015
Fosa común
Aranjuez es una ciudad de tejados viejos,
de frío
hasta en el alma de los huesos
y también es mía...
o viceversa,
no lo sé,
esta tarde me he olvidado el euro del café.
Y además,
es la línea de salida para todas las huidas,
es un nicho de alquiler,
el maldito alambre de espino en la cumbre de la valla
que se ríe mis retos al destino y es
la cloaca en ruinas
donde esconden las propinas los sicarios del pasado,
ese,
el que durante un rato,
entre cerveza y ascensor,
te sentaste a hilar, alguna vez, casi a mi lado.
Y hace frío,
coño...
Y el suelo se me ha llenado de cristales rotos,
de escoria
esparcida por los gatos que me hurgan la basura,
que me roban los zapatos de la jodida memoria.
Aranjuez es una ciudad sin azoteas
y yo un puto Calixto despreciando Melibeas,
un ventrículo capado,
odiante crónico del mundo en vano,
del tacto a marzo de la palma de tu mano,
un profeta del fracaso,
un surco,
una línea,
una frontera,
un amante ocasional de vomitonas
para aliviar a restos de barriga
la maldita borrachera.
Aranjuez es una fosa común
cuando salgo del trabajo
y de vez cuando es invierno
y es la niebla.
de frío
hasta en el alma de los huesos
y también es mía...
o viceversa,
no lo sé,
esta tarde me he olvidado el euro del café.
Y además,
es la línea de salida para todas las huidas,
es un nicho de alquiler,
el maldito alambre de espino en la cumbre de la valla
que se ríe mis retos al destino y es
la cloaca en ruinas
donde esconden las propinas los sicarios del pasado,
ese,
el que durante un rato,
entre cerveza y ascensor,
te sentaste a hilar, alguna vez, casi a mi lado.
Y hace frío,
coño...
Y el suelo se me ha llenado de cristales rotos,
de escoria
esparcida por los gatos que me hurgan la basura,
que me roban los zapatos de la jodida memoria.
Aranjuez es una ciudad sin azoteas
y yo un puto Calixto despreciando Melibeas,
un ventrículo capado,
odiante crónico del mundo en vano,
del tacto a marzo de la palma de tu mano,
un profeta del fracaso,
un surco,
una línea,
una frontera,
un amante ocasional de vomitonas
para aliviar a restos de barriga
la maldita borrachera.
Aranjuez es una fosa común
cuando salgo del trabajo
y de vez cuando es invierno
y es la niebla.
domingo, 8 de noviembre de 2015
Transfundido
Madrid,
en domingo y en noviembre,
es una zancadilla al tiempo.
Lo clava de rodillas en la acera,
le rompe sus nudillos, le obliga
a rezarte a golpes,
como siempre,
como un maldito penitente a un dios
detrás de dos momentos,
de mil paredes sucias,
podridas,
inertes,
en su empacho de cemento.
A Madrid,
en domingo y en noviembre,
se le desborda a arcadas el silencio.
A mí el vino.
Ya ves,
yo tan Robespierre,
tan guillotina de las trabas al destino
y tú...
tú viviendo en la calle Princesa.
Qué puta ironía,
qué revolución plebeya,
qué jodida y romántica empresa.
Hoy no son mil años
desde que mi sofá fue capilla ardiente
donde hervía la piel de tus tobillos.
Hoy he visto a la manada en Plaza España,
con sus fotos nuevas,
con sus ojos sin lumbre pá las cuevas.
Me he parado,
he pensado en robarles la influencia
de su estúpida genética sandez,
de su amada indiferencia
y no he podido.
No soy un buen ladrón,
no ganaré cruz con alivio.
Hoy
a las arterias de Madrid,
en domingo y en noviembre,
se les ha transfundido medio litro de tristeza.
Y ahora,
antes de irme a dormir,
me toca renovarte la mortaja.
Joder... ¿Dónde escondo la pereza?
en domingo y en noviembre,
es una zancadilla al tiempo.
Lo clava de rodillas en la acera,
le rompe sus nudillos, le obliga
a rezarte a golpes,
como siempre,
como un maldito penitente a un dios
detrás de dos momentos,
de mil paredes sucias,
podridas,
inertes,
en su empacho de cemento.
A Madrid,
en domingo y en noviembre,
se le desborda a arcadas el silencio.
A mí el vino.
Ya ves,
yo tan Robespierre,
tan guillotina de las trabas al destino
y tú...
tú viviendo en la calle Princesa.
Qué puta ironía,
qué revolución plebeya,
qué jodida y romántica empresa.
Hoy no son mil años
desde que mi sofá fue capilla ardiente
donde hervía la piel de tus tobillos.
Hoy he visto a la manada en Plaza España,
con sus fotos nuevas,
con sus ojos sin lumbre pá las cuevas.
Me he parado,
he pensado en robarles la influencia
de su estúpida genética sandez,
de su amada indiferencia
y no he podido.
No soy un buen ladrón,
no ganaré cruz con alivio.
Hoy
a las arterias de Madrid,
en domingo y en noviembre,
se les ha transfundido medio litro de tristeza.
Y ahora,
antes de irme a dormir,
me toca renovarte la mortaja.
Joder... ¿Dónde escondo la pereza?
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