Salud, Madrid,
útero infértil,
despliegue de soledad,
madre de hijos grotescos.
Me refugio en tus tripas
de ti.
Tu alacena contiene
cadáveres como alimento,
la leche blanca de lo enfermo.
Te camino,
te rezo,
te alejo.
Salud, Madrid,
útero infértil,
despliegue de soledad,
madre de hijos grotescos.
Me refugio en tus tripas
de ti.
Tu alacena contiene
cadáveres como alimento,
la leche blanca de lo enfermo.
Te camino,
te rezo,
te alejo.
Pesan
como un bosque tras la tala
las memorias que conservo,
la ropa consumida,
la estancia ventilada.
Amanezco
liberado tras el vaso de la rabia,
y pesan
las velas que recojo ya en el puerto,
ser desnudo,
viajero con el filo al descubierto,
jinete incapaz
a lomos del potro del tiempo.
Pesan.
Goleta recia,
velas de cuchillo,
garganta,
que ya llego.
Se esconden,
putas tras las cortinas,
las palabras.
Me niegan
el sustento la muerte la savia.
Yacen
en el salón sus restos
su saliva sus bragas
el odio,
por el suelo,
por las tablas.
Y me desagua la vida
en los tercios frecuentados,
y en esos bares de siempre,
y en esas bocas de mármol.
Y me desagua la vida
y se me aligera el fardo,
que la espalda va mordida,
que el camino queda largo
y que hace falta la pausa
para matar el letargo,
que aproveché de tus mesas
para valer lo que valgo.
En el viaje, siempre
la barriga preñada,
la pérdida,
el rito,
el agua.
Siempre
la barriga enlutada,
la luz,
la estirpe,
la nada.
Ciudad abrupta,
cloaca que me desciende
enfangada como el tiempo,
te aguardo desnudo,
minúsculo.
¿Dónde están
tu leche, el calostro
de mi escalera?
¿Dónde está tu promesa,
ramera gris que me cobra
monedas de la garganta?
Se agita la cabeza,
se encomienda
al límite de la tibia cruzada,
al borde
del barbecho que me guarda.
Larguémonos
con un grito de exilio,
himeneo de lo nuestro,
acogida,
amparo,
techo de paja
donde cale al fin
la lluvia.
Manuscritos los pies,
embarradas las uñas,
discurro
la ciénaga donde orináis,
arcángeles de la escoria.
Me oculto vecino
en vuestras calles.
Si no fuera
por su mano recta,
su esquina mellada,
su tacto su hoguera,
dormiría.
Duda a ratos que pudiera
darle un tajo a la raíz
que me sostiene la tierra,
que sus pies son la guadaña
y me acuchillan la siega,
que su cuerpo la pared,
que allá afuera la tormenta.
Duda extraña,
niña escueta,
si pudiera describir
la edad que mató tu espera.
Estibador añejo
derrocho mi carga.
Ya tumbé
al niño en el retrete,
ya asumí los nudos,
ya bebí el alcohol
de las cañerías,
ya me yergo,
ya me curvo,
ya te he muerto
arcano de la miseria.
Catedral de carne, ya dejé
la puerta abierta.