Algunas noches me gustaría ser Hermann Hesse. Miento. Me gustaría serlo todo el tiempo. No me interesa el premio Nobel, de verdad, ni entrar en colecciones de ilustres del Círculo de Lectores, ni que me encuadernen en piel, excepto que sea ella quien lo haga.
No, no es eso.
Es por esa manera de volarse por dentro, como si el pecho fuera una cantera que da como resultado, tras la explosión, una exposición alineada de carbón, granito, o cualquier otra piedra horrenda, pero que, cuando alguien la mira desde fuera, le parece estar en el escaparate de una maldita joyería.
¿Lo ves? Ni siquiera sé si me explico...
Así que cuando abro el portátil encima del colchón, cuando me apetece ser otro, pienso en cómo el cabrón de Hesse podría disfrazarle a ella los restos de mi voladura, colocar todos esos minerales en una fila etiquetada tras un cristal, y hacer que parezcan hermosos. De qué manera usaría esa especie de alquimia verbal para contarle que en realidad, cuando digo para siempre me basta con un segundo, que no tengo ni puta idea de cuánto puede durar esto, pero prefiero un salto al vacío con ella.
Que no es su cuerpo,
es su rabia.
miércoles, 14 de enero de 2015
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