Es dura la renuncia,
cruel,
como la bisagra desencajada
de lo inadmisible.
Piso el borde de la hoja
del puñal que nos cercena,
me balanceo
ante la incógnita del abismo nuevo.
¿Empuñará el vacío los cubiertos
de una cena última?
¿Se moverán mis muñecas?
Siguen los clavos en su lugar,
depósito de lo acontecido.
Flota mi cuerpo,
blanco,
como el papel.
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