viernes, 9 de febrero de 2018

Sulfi y la banalidad de mi daño

Cuando aún no la conocía
a mi gata la sacó de la calle,
mientras vomitaba su sangre,
un peatón casual.

Mi gata era un fantasma,
casi azul,
apenas carne
con la muerte enredada.

En este invierno de cuarenta años,
en este enero tenaz,
cuando la nieve en Madrid
se atrinchera, por fin, 
en las sombras del parque
y yo busco un renglón en rojo vivo,

mi gata,
orgullosa y caliente sobre mi barriga,
se descojona en secreto

de lo que escribo.

















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