A la sangre espesa
en labios de cera,
transeúnte incansable de mi pantano.
Al vino añejo del recuerdo,
picado siempre desde mi rincón
y desde aquel verano.
A las almenas del castillo ajeno,
a las colmenas de hiel
que atesoran fracasos en recintos hexagonales,
que me dan de comer.
A los bolsos a la altura de la cadera,
a todas las noches en que no hay manera
de robarle la gloria a los chacales.
A esos tipos
que recogen mi basura con los peores modales
y al polvo miserable,
a las bocas que parecen mudas,
que dejan flores en mi sepultura
y sonríen.
Fiel, al cabello intratable del tiempo,
al primer respiro del último aliento,
a la máscara.
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