pobre de mí,
escuché mientras la lluvia
la voz de un rapsoda feliz.
¡Huíd de la melancolía, poetas tristes!,
nos venía a decir.
No es lo que el público quiere
escuchar a esas mujeres,
(y hombres, por supuesto),
echando la bilis y el resto
por los micros de Madrid.
Yo,
mientras tanto,
mano a mano con el vino,
al lado de un par de amigos,
rumiaba mi santo derecho
a romperme a letras el pecho
y a cagarme en el destino.
Soy poeta triste quizá
que no soporta lecciones,
o que siente si lo enmarcan
en flácidas clasificaciones,
con perdón,
que le tocan los cojones.
Voceros de la primavera,
por favor,
dejadme la vida entera
vosotros siendo felices
y yo
con mis jodidas cicatrices.
Respeto almendros en flor,
lo juro,
hasta he saltado algún muro
como un perro tras su olor.
Soy cum laude en atardeceres,
en pozos y en mercaderes
que venden la salvación.
Vosotros dejadme tranquilo
desnudando bosques oscuros
en los que a ratos anido.
Parece que eso os perturba,
lo agradezco,
pero por dios, seguid con los arabescos
y no me deis más la murga.
Y aunque os suene a verso blasfemo,
a mente satánica y cornuda,
no os quepa ninguna duda
de que el público,
amados míos,
me la suda.



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