Te di miedo.
De esa forma tan tuya tan cobarde
tan de kilómetros tan analógica...
tan de no usar los dedos.
Tan tan tan tan tan...
Así sonabas,
como una campana llamando a muerto.
A mí, claro,
al de las madrugadas clandestinas
escribiendo con las tripas
en lugar
de tirar de una jodida buscapina.
Anémico ojeroso
sin un maldito poso de tu sudor.
La cicatriz de tu vientre era pan y tierra,
café caliente
en medio de una guerra que no supiste empezar,
pero que a mí,
en noches de atraco y cerveza,
me vuelve a dormir
amortajado en las cunetas.
Te di miedo.
De esta forma tan mía de romperme los huesos
contra los escritorios,
de conservar falanges en tinta china,
de no guardar silencio
tras un beso de estación.
Sincericida cruel de verdades inventadas,
no me engañaste, no olvides
que tienes ojos tienes piel,
que me diste la receta
de la mostaza con miel para la carne.
Y yo, en Madrid,
en cualquier parque,
aterrador hombre latiente sobre un banco de granito
frío,
sin pecho,
como todos tus disfraces... yo
te sigo
dando
miedo.
Con esta forma tan mía de no limarme los dientes
si hay que morder,
de desnudarme la vergüenza en el baño de un hotel
de poco más de cien páginas.
Devoradora de instantes perdidos,
ignorante de tus hilos,
que te aproveche el futuro
detrás de tu maldito muro y tus silencios.
Yo...
yo pienso seguir el sendero
de los bosques que no quieres caminar,
a ratos roto, dislocado, deslenguado siempre,
ya lo sabes.
Tú...
reina del tiempo despedido,
de los relojes de agua,
con tu almacén de lágrimas condenadas a esperar,
si te empeñaste,
querida matemática absurda,
en sumarme ceros...
tú
me vas a dar igual.
domingo, 11 de octubre de 2015
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