Conozco a una chica
que postula la existencia de universos paralelos
y, de vez en cuando,
llora su rabia en ovillos de tripa por el suelo.
Dice que prefiere dormir
las mañanas de casquería,
que la noche es una puta de saldo
y le cambia sueños y orgasmos
por Kafka y por pesadillas.
Puede que tenga razón,
qué le puedo decir yo,
que tengo lleno el trastero
de sobres con matasellos de oficinas clausuradas.
Quizá
que dos tercios y tres quintos nunca son suficientes
cuando empiezas a tender puentes hacia el abismo,
que olvidar nunca es lo mismo
que romperle doscientos seis huesos,
uno a uno,
a todas las cuentas pendientes.
Lástima que Hipócrates,
cabrón,
no obligue a escribir amnesia en las recetas.
Qué le voy a decir yo
que a ratos pienso
que la vida no es más que una lesión
en la calma del silencio.
Ella,
tan bonita,
a veces no recuerda lo que mienten los espejos.
Por eso conozco a una chica
que postula la existencia de universos paralelos
y yo,
que esta noche respiro en huelga de celo,
querría ser algo distinto,
tener la jodida llave,
el código,
la clave
de cada puerta blindada
en su maldito laberinto.
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