Humea el pitillo,
cañón disparado,
percutor solemne,
héroe sin más.
Si tuviera mi verbo miserable
la densidad de esta bocanada,
sería el mejor escritor del mundo
o al oeste del Pecos
o en los vertederos de los entes infrahumanos
de Madrid.
Me mancharía, entonces,
de la elegante suciedad del incomprendido,
me sentaría con orgullo en cualquier café
y no encogido y áspero
como el ciclo del fracaso.
¡Vocearía!
Un Cristo exhalado,
un pregón en la calada,
una crucifixión de mechero y bolsillo,
sólo eso necesito.
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