martes, 23 de octubre de 2018

Último cigarro

Humea el pitillo,
cañón disparado,
percutor solemne,
héroe sin más.

Si tuviera mi verbo miserable
la densidad de esta bocanada,
sería el mejor escritor del mundo
o al oeste del Pecos
o en los vertederos de los entes infrahumanos
de Madrid.

Me mancharía, entonces,
de la elegante suciedad del incomprendido,
me sentaría con orgullo en cualquier café
y no encogido y áspero 
como el ciclo del fracaso.

¡Vocearía!

Un Cristo exhalado,
un pregón en la calada,
una crucifixión de mechero y bolsillo,

sólo eso necesito.



















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