Mi cerebro practica la electrolisis.
Cuando trabaja me descompone,
usa sus pequeños impulsos para degradarme
y veo mis dedos,
cuerpos alargados
en secesión de mí.
¡Ey!
Les grito.
¡Dejad de escribir esa mierda!
No tenéis derecho
sin formar parte de mi patria.
Pero continúan,
poseen la información,
me han vigilado con sus ojos dactilares
desde que me metí en la ducha,
casi temprano,
para ir a trabajar.
Esos desertores cíclicos
me biopsian
y, cuando regresan
para sujetar el vaso,
se giran hacia mí
con sus bocas de uña
y se descojonan.
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