miércoles, 8 de abril de 2015

Sobremesa

Lo hice, he vuelto a comer con cerveza y, como siempre, en lugar de dormir un rato antes de volver a ese estúpido trabajo, que lo es siempre que no me encargo de tus ojos, me han llegado las ganas de hacer malabares de palabras por si te da por venir. Pero se me amontonan en el embudo de las dudas, no tienen respeto unas por otras, se pisotean, se aplastan, no se ceden el paso... 

En eso hoy se parecen un poco a nosotros. 

Y ahora ando tumbado en el sillón, con los ojos entornados, para escaparme un poco del sol que entra de la ventana grande a esta especie de salón abuhardillado. Sin llamar. Dándole el toque de sarcasmo adecuado a las bromas de la primavera, cuando de siempre se sabe que la nostalgia se moja con nubes grises. 

Te echo de menos, pero no es eso lo que quería decir. 

Quería inventarme un argumento profundo y decorarlo de lo más vulgar, ponerle a tu alma el traje de sexo de alcantarilla y de barra de bar, dejando los espacios para contarte, sin decirlo, que anoche volví a soñar contigo y no recuerdo nada, pero me he sentido mejor por la mañana.

Sé que no te gustan las demoliciones personales y esto no lo es, son sólo un par de cigarros ante la pantalla, porque el papel me lo he dejado en el dormitorio y, de verdad, no me apetece salir del edredón ni los cojines si no me esperas en la cama. 

Supongo que todo esto es, simplemente, un modo de sobrevivir a la rutina entre fines de semana de recital, y de escapar de la firma del contrato de darte por perdida. 

Yo sigo con mi vida, 
vendrán todos los viajes, 
pero nunca me ha gustado que te bajes, 
porque es cierto, 
casi siempre tropiezo 
y el ritmo se me va, 
pero nadie se da cuenta si eres tú  la que me envuelve la cintura... 
la que me invita a bailar.

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