a las dos de las calles vacías,
a las dos
de las madrugadas desiertas,
de las cervezas de lunes de amor en vena,
como ayer.
Las aceras me agarran los pies,
me giran los tobillos al oeste,
me provocan
tres fracturas en las tibias del deseo,
cuando busco la derecha hacia Bilbao
y me dejo a gotas
el rastro de ganas de verte.
Malasaña se enrevesa,
se enfada,
me grita,
me convierte en su maldita presa,
me enciende
un camino de baldosas amarillas
en semáforos verdes hacia tu portal,
tu puñado de pestañas,
tus palabras de cristal,
tu cuerpo de ceniza,
tu silencio
a rayas de presidio...
Yo le enseño los dedos rotos,
las arrugas de distancia al asedio de los ojos,
por si me deja pasar.
Madrid
es un laberinto sin tu cintura,
y tú...
tú no te das cuenta.



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