No sé si te he dicho alguna vez que odio las conversaciones por pantalla.
Que me perdonen los escritores, pero las letras de papel están afónicas, calladas. Que sí, que está muy bien, que aprendemos palabras, que nos metemos dentro de otros, otros que alguien ha construido a base de fragmentos de gente que existe, o de sí mismo.
Pero faltan miradas.
El otro día una chica leía en el metro "La muerte en Venecia". No te lo he contado, pero al final yo también lo leí hace un par de meses. En realidad lo leí dos veces, la mía y la de la imagen de tus ojos por las mismas páginas, como si el libro no fuese un libro sino la vara mágica del caduceo, y nuestros pares de ojos no fueran ojos, sino las serpientes enroscadas.
Perdona... siempre me pierdo en divagaciones cuando lo que quiero decir es otra cosa.
Lo que quiero decir es que enfrente de aquella chica del metro, que se bajó en Tirso, un tipo leía "De profundis", y a mí me dio por preguntarme qué coño pasaría si levantasen la cabeza. Que sí, que el amor encuadernado, el sincero, está muy bien, pero que las mejores historias son las que todavía no han sido contadas, y tienen el lomo y las cubiertas de piel, pero de ésa que suda, se quema al sol, se ruboriza con un roce de los dedos,
una caricia,
o incluso con una palabra si viene de la garganta.
Y de pronto el vagón se convirtió en una biblioteca de historias que no existen,
como todas.
Odio las conversaciones por pantalla porque están afónicas, calladas, les faltan miradas, y lenguas, y callejones. Y les faltas tú en todas las ocasiones, no entera, claro... pero les faltas.
Te cambio todos mis renglones por tu forma de caminar,
unos cuantos de mis versos por uno solo de tus reversos, los oscuros, los de verdad,
mi voz amordazada en los mensajes escritos
por el cuerpo subyacente a tus vestidos.
Te cambio los registros registrados de mis confesiones por un jodido segundo a tu lado,
por todo lo que falta por contar.
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