de todas esas escuelas del tedio
con relojes de fachada.
Nunca me citaba sin comillas,
me las cambiaba por ojos de niña
cuando le contaba que no hace falta llorar,
que también existe el dolor en seco
cuando alguien se va,
que la despedida
es un club exclusivo del pecho,
un solo pasajero en el andén.
Ella era un vaso de agua
y de cerveza de agosto en cualquier bar,
y carreteras que a veces la traían de vuelta,
anudada en la garganta,
como si yo fuera un puerto digno de ser atracado.
A cambio yo le paraba el tiempo.
Ella volvía en autobuses de línea regular,
y me buscaba,
y yo salía de mi escondite,
apagaba las hogueras de pasar la noche
y cerraba la nevera
para enfriar el frío de después.
Ella no era de nadie,
tampoco mía,
excepto en los poemas,
sin una sola rima,
en mi deseo de verla cocinando el pan
en mi cocina.
Ella dice que se ha marchado,
bueno,
lo dicen su silencio
y mi estúpido respeto a las huidas,
hasta ahora,
cuando yo soy el que queda atrás.
Ella era mi salvavidas de pulsera,
mi respuesta de bolsillo,
la cartera con que le pagaba mis deudas al destino,
todo
lo que me aseguraba de no olvidar al salir de casa.
Tengo mis dudas de que ya no tenga miedo a vivirme,
es normal,
y también
que no deje de buscarla
para ahogarle todos los esquemas.
Ojalá
supiera rendirme.



2 comentarios:
Te leeré a partir de ahora. Este poema ha sido genial. Sigue escribiendo.
Gracias Alex!
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