Tenemos un nuevo inquilino en la lista de por qués.
Trece de diciembre y has vuelto con la lluvia.
Bueno... tú no. Han vuelto partes de ti como contraste de escena a la fotografía en blanco y negro de la ciudad esta mañana, como esos dolores de hueso roto que regresan con la humedad.
Pero lo cierto es que he buscado en el armario del baño un par de comprimidos de ésos que guardaba con tu nombre contra la sed, y me los he tragado con el café del desayuno. Deben de ser las secuelas del coma profundo, o del punto y coma con el que firmaron tus caderas el adiós, o de que estoy cansado de contar hasta tres y las noches de fiebre me duermo en uno y medio.
Y la pregunta vuelve a ser por qué. Por qué tienes que quitarme también la lluvia. Es mía. No la recojas en tu ombligo, no le pongas tu vestido rosa cuando sumé el deseo de un cuerpo al de toda su sangre por primera vez.
Quítale tus sandalias.
Aléjate.
Ya tienes todo lo demás. Los anuncios de condones, una colección de poemas sin rima, un barrio entero de Madrid, los paraguas, la frontera oeste de mi vida, las lentillas, los autobuses...
Joder, es suficiente.
Si no puedo llover sin preguntarme dónde te mojas, voy a tener que mudarme.
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