Anoche escuché tus pasos
sordos sobre la madera.
Seguro que caminabas descalza
por no despertarme.
Quizá temías que te descubriese
detrás de la puerta entornada,
y yo
te escuchaba latir con los ojos cerrados
para que no huyeras.
Y esta mañana, en lugar de café,
me he tomado una copa de vino
con las tostadas, he brindado
con la sombra de tu sombra en el pasillo
antes de limpiar la casa.
He comido,
he lavado los platos,
me he cortado las alas con el cuchillo del pan
antes de guardarlo,
jodido
porque todo me sabía dulce
menos una gota de tu sexo salada,
y he intentado dormir
por si volvías,
por si esta vez,
imagina la cordura,
se te ocurría desnudarte dejando el invierno en Madrid
huérfano de tu cuerpo,
golpeando la ventana.
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