domingo, 31 de agosto de 2014

La puta sed de no beberme tu saliva

Por un día que decido no cerrar los bares 
y vuelvo a casa cuerdo como un loco, 
no me queda cerveza en la nevera. 
Yo que venía a provocarme la ceguera en el sillón 
a la luz de las velas, 
que he renegado de las rubias abiertas, 
me tengo que conformar con mirar al techo 
porque no soy bastante hombre para el whisky on the rocks, 
o no encuentro la botella.

Odio las paredes de mi casa cuando no se mueven a polvos 
ni a malabares de bocas, 
odio las copas de vino 
y las palabras que no te salen, 
y haber borrado tu número en un ataque de dignidad, 
y mi cara, 
y mis manos, 
y el insomnio, 
las pesadillas, 
y el puto hambre de tus piernas, 
y la puta sed de no beberme tu saliva...

Y aquí estoy, tumbado en un manojo de odio,

y tú,

¿dónde coño estás? 

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