y vuelvo a casa cuerdo como un loco,
no me queda cerveza en la nevera.
Yo que venía a provocarme la ceguera en el sillón
a la luz de las velas,
que he renegado de las rubias abiertas,
me tengo que conformar con mirar al techo
porque no soy bastante hombre para el whisky on the rocks,
o no encuentro la botella.
Odio las paredes de mi casa cuando no se mueven a polvos
ni a malabares de bocas,
odio las copas de vino
y las palabras que no te salen,
y haber borrado tu número en un ataque de dignidad,
y mi cara,
y mis manos,
y el insomnio,
las pesadillas,
y el puto hambre de tus piernas,
y la puta sed de no beberme tu saliva...
Y aquí estoy, tumbado en un manojo de odio,
y tú,
¿dónde coño estás?



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