martes, 26 de agosto de 2014

El suelo empapado

Hoy he amanecido lloviendo segundos, es una sensación extraña ésa de notar instantes saliéndote por el pelo, por los brazos... pica, escuece y, la verdad, me ha puesto un poco triste. 

Cuando tú estabas y me despertaba así, te utilizaba. No te dabas cuenta, pero cuando me giraba en la cama y te acariciaba las caderas y me aprendía tu espalda y te follaba, lo que me dejaba dentro de ti no era otra cosa que el tiempo que se me caía… era yo, y tú la clepsidra que necesitaba, la que me medía. Suena pedante, sí, pero tú me enseñaste esa palabra… jódete.

¿Cómo se te ocurrió hablarme de miedo a repetir finales? Como si nadie más que tú hubiese sangrado antes, como si el dolor dejase vírgenes por alguna calle, como si… yo… fuese igual que otro.  

Y en tu increíble imaginación, por no repetir, te inventas un final nuevo en un ataque de creatividad cobarde, y no te presentas en el campo de batalla. Deberían juzgarte por crímenes de guerra, por robarle los labios a las bocas. 

Ahora pierdo trenes, y me desangro en algunas cafeterías, y esquivo aceras por si me cruzo con tus piernas, y tus hombros, y tus cicatrices, y ese lunar tuyo que hoy es un balazo en el pecho, y dejo el suelo empapado cuando amanezco lloviendo tiempo perdido por la piel, y lo miro, y te echo jodidamente de menos. 

Y me quedo en casa 
porque odio esta ciudad sabiendo que te contiene.  

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