Cae el telón,
agrio
como leche caduca,
con su terciopelo opaco,
con su maraña de nadas,
con su riel redentor.
Y la noche,
de piel aspera de culebra,
se ovilla como la lana.
Los días son superficie,
son alambres,
son un campo inmenso
sembrado de esperma estéril.
Sigue el camino,
tan rojo,
desde la puerta.
Entorna los ojos,
pliegue de espinos,
que mañana vendrán las vías,
la pared terrible,
la luz del cénit del mediodía,
que mañana hará falta
el despertar.
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