La ciudad se tiende desnuda,
alguna mañana,
y yace gris mientras la recorro.
Con sus diminutos dientes,
como pequeñas balas de conciencia,
me atraviesa el remordimiento.
Veo adherida al ladrillo,
a los arcos de las plazas,
al pergamino
de la frente de los rostros que me cruzo,
la letra con que escribí mi renuncia.
Soy fusilado,
alguna mañana,
por lo ausente.
Y leo, camino del trabajo,
y observo el tenaz vacío de los andenes
en este bucle demente de inexistencia,
y soy un perro sentado en la playa
que se atreve a mirar el mar.
Vivo en el foco corrupto
de la elipse de la memoria.
Necesitaría, al menos,
alguna mañana,
descansar.
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