Ataría la lluvia con cadenas si no hubieses robado todos los eslabones,
así,
para indultar nuestro odio a los paraguas
y empaparnos.
Pagaría al contado una ducha caliente para dos,
una habitación en el trastero,
un jergón deshecho donde desnudarte la boca,
y que fueras de cristal,
y de sudor y de hambre.
Mi estómago se queja de nostalgia de palabras por las calles de Madrid
mientras cuatro violines tocan en Callao mi tango favorito.
Llueve,
la lluvia se me amontona en tu ombligo,
y la sed,
y las ganas.
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