Con voz de tundra,
constancia rotunda,
nos aniquila el verbo.
Cómo podremos hablar,
mártires del paladar,
tras semejante exacerbo.
Poeta de voz pausada,
en la cúspide de la nada,
se arrastra entre la maleza
mirando hacia el infinito,
el rostro firme y contrito...
Madre de Dios
qué pereza.
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