tronantes,
a recoger la cálida cagada
de sus perrillos al amanecer.
Es la descarga primigenia,
el saludo a la mañana,
la resurrección.
Les observo a la salida del metro,
del portal,
asomado al balcón de mi piso,
de mi útero,
de las paredes que me acogen
flotante.
Enguantados en una bolsa mínima,
sometidos,
humillados,
acunan el desecho hasta la papelera.
Protegidos
e inmaculados.
Es el único modo
en que soportan la verdad del contacto
con la mierda.



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