Acudí a la encrucijada con mi guitarra al hombro y el cruce de caminos era un suelo de mármol. Llevaba las sandalias atadas a los tobillos, yo, y una ligera sombra.
Apareció.
Apareció como debe aparecer la muerte, con su rostro de lujuria, con luz y brillo de gusano, con su sexo enorme cubierto de pelo y la garganta húmeda.
Me señaló.
Me señaló con sus dedos de cabrón negro, de cuerda, de blues, de clavija para los desamparados. Aparté de mis ojos una esquela con mi nombre. Impidió que me arrodillara de una patada en la entrepierna y me empujó a la niebla, densa y rasa, que me cubrió cuando la boca dio de bruces contra el barro.
De aquel esperma nació una nueva criatura, una que mueve los dedos como el diablo, que se queja como un perro con manos, que se amamanta del sonido que soléis escuchar en las azoteas.
Que soléis escuchar en las azoteas.
¿Escucháis?



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