Mi abuelo, siendo yo un crío, me ponía una cinta que narraba la vida de una manada de lobos y regalaban con los yogures de Yoplait. A mi abuelo, en el pueblo, un pueblo de La Mancha y de cultivo de azafrán, lo apodaban "el lobo" porque su madre, mi bisabuela, tenía un apellido peculiar.
Moralobo.
En singular.
Como un presagio del desierto.
Mi oído de niño temía los aullidos grabados en el casete.
Hoy, tengo el hombro pintado con aguja en negro y en memoria de aquellos días. Hoy, el pasado en la boca sabe a bolsa de pipas con sal, para después de las comidas.
Hoy, hay un monte vacío en la tripa convulsa de la ciudad.
Quizá no signifique nada.
Quizá.
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