Lo recuerdo como un susurro,
como una mínima perturbación del aire,
una nota a destiempo en la cuerda del violín
por descuido del intérprete
al dejar caer su brazo.
No
debería
estar ahí.
Lo recuerdo, ahora,
como una singularidad,
ese punto del espacio y del tiempo
que se colapsa deforme,
una brizna de sangre
en la corteza de este árbol metálico.
No existen más abrazos
para el encadenado.
Pero de vez en cuando recuerdo
que sucedió.
jueves, 12 de abril de 2018
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