Mi exterior es mecánico,
como la gula de los patíbulos
o la avaricia del cazador.
Me alojo en el interior
de mi vaina de carne
y, cuando sudo,
ella compone sus gotas con poleas,
con cadenas minúsculas,
infinitesimales,
metálicas.
Es una vertiginosa tarea
la de la apariencia.
Ahí fuera,
en el corazón de la industria
del ser cuerpo también,
sólo existe ruido y fundición.
Mi exterior me impide el sueño
con su chirriar de vagonetas
transportando el mineral
que me sale de los pulmones.
Soy una fábrica perfecta
incapaz de dormir.
Quisiera mudarme,
dejar la celda,
la galería,
el penal,
ceder al exilio,
pero lo temo,
como al territorio
o a la mira de los fusiles
o a las voces de los atriles,
como al descanso
del traidor.
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