Es lícito llorar,
a veces,
como un niño.
Hacer la colada de ese hematoma turbio
que cubre el cuerpo,
de esa manta en escarlata y restos,
de ese sudario roído,
cambiar las sábanas,
ventilar agravios
con un antiséptico
para roturas.
Es tan lícito el llanto
como la tormenta,
como el invierno,
como el grito.
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