El atribulado Nadie
puede llegar a ser tóxico,
lanzando su bilis al aire
como un canto rodado y renal,
como un estúpido cólico.
Algunas mañanas invernales se despierta,
se va al curro sin querer
y con la bragueta abierta,
precavido,
para mearse en la primera esquina
de su inmunda mente dolorida
y sumergirla,
ahogarla,
en caliente, analgésica y humeante orina
y qué mas quisiera que olvido.
Esas mañanas
la delicada gente que se cruza es grotesca,
como las penitencias de El Bosco
o el amarillo de un puñado de costo,
como dos viejos a la gresca.
Y así,
nuestro querido Nadie
que tampoco es profeta en su tierra,
marcha calzado en mala hostia,
calando gorra y bayoneta,
a su crónica dolencia...
a su interminable guerra.
¡Civil, por supuesto!
Tampoco es cuestión de asesinar al resto.
Los inevitables daños colaterales
van a ser los buenos días
a todos esos sonrientes anormales
que se cruza en el ascensor.
El atribulado Nadie
puede llegar a ser tóxico algunas de esas mañanas
de cuerpo y alma en frío y palangana,
no dejéis de quererle...
por favor.



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