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jueves, 26 de noviembre de 2015

A los estimados (y pertinaces en su demencia) amigos de Nadie.

El atribulado Nadie
puede llegar a ser tóxico,
lanzando su bilis al aire
como un canto rodado y renal,
como un estúpido cólico.

Algunas mañanas invernales se despierta,
se va al curro sin querer
y con la bragueta abierta,
precavido,
para mearse en la primera esquina
de su inmunda mente dolorida

y sumergirla,

ahogarla,

en caliente, analgésica y humeante orina 
y qué mas quisiera que olvido.

Esas mañanas 
la delicada gente que se cruza es grotesca,
como las penitencias de El Bosco
o el amarillo de un puñado de costo,
como dos viejos a la gresca.

Y así,
nuestro querido Nadie
que tampoco es profeta en su tierra,
marcha calzado en mala hostia,
calando gorra y bayoneta,
a su crónica dolencia... 

a su interminable guerra.

¡Civil, por supuesto!

Tampoco es cuestión de asesinar al resto.

Los inevitables daños colaterales
van a ser los buenos días 
a todos esos sonrientes anormales
que se cruza en el ascensor.

El atribulado Nadie 
puede llegar a ser tóxico algunas de esas mañanas
de cuerpo y alma en frío y palangana,
no dejéis de quererle... 

por favor.



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