domingo, 2 de noviembre de 2014

Borrachera a medias post-halloween

Algunas noches uno llega a casa en silencio y le da por escribir. 
Y la espuma de la cerveza se cuela por las grietas de la piel que han dejado ya 37 años, 
y unas cuantas docenas de daños, 
co-laterales,
co-rregidos, 

o no. 

Y el resto del universo se divierte afuera vestido de monstruo 
cuando firmo la capitulación 
y se me caen los disfraces en el espejo del baño de arriba. 
Y surge la arritmia de mis letras en tu boca, 
y la hemorragia parcial de todas las verdades que se me van cayendo por los pasillos. 

Y la verdad es que no he encendido la luz por no mirarme, 
y hace frío en el salón, 
y cuelgo los cuadros torcidos, 
y la gata se me enreda en el pecho buscando calor preguntándome por ti al oído. 

Y yo no sé cómo explicarle. 

Y hay cuatro libros cerrados sobre la mesa, 
y en ninguno 
se cuenta cómo coger el lápiz para escribir adiós. 

La verdad sigue siendo tu cuerpo, 
y seis gotas de esperma dibujando tu espalda a oscuras en mi habitación, 
y dos barras de incienso para esconder el olor del tabaco, 
y tu miedo al yo desesperado, 
y una calle desierta bajo el balcón... si lo tuviera. 

Incluso tu coche aparcado dos noches seguidas 
y yo con los ojos cerrados y la rubia fría, 
desviando miradas... huyendo.

Temblando.

El vacío es la arena del desierto en el lado izquierdo de mi cama, 
un sueño dormido a medias, 
un telegrama en recepción cuando vuelvo de la vuelta de la esquina.

Que te quiero, coño.

¿Cómo quieres que lo diga?



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