Lancé,
una tarde de piernas interminables,
mi mensaje.
Borrachos mal vestidos,
voceros de la palabra,
la acercaron hasta tu portal,
lo acomodaron, delicados,
con sus dedos corruptos,
doblados por el peso de la calle.
Y te llegó la infamia
vestida en su cesta,
mancillada por la escasez.
Se me tiñó
con los harapos de la derrota
y tú,
mujer de pechos de piedra,
no pudiste amamantar
mi pobreza.
Con la tecnología de Blogger.



0 comentarios:
Publicar un comentario