jueves, 29 de marzo de 2018

Cada noche

Huyo,
caballo mínimo,
con los belfos empapados
de una saliva amarilla y densa
como de azufre.

Camino deprisa por la ciudad,
me dirijo a casa,

casi siempre

a casa.

Hogar.

Sepultura y fortaleza.

Lluvia mansa.

Mis dedos de alfeñique
juegan con las llaves que me abren la calma
y resuenan en el silencio como dioses.

En cuclillas
me cubro la cabeza con las manos
en el salón.










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