Huyo,
caballo mínimo,
con los belfos empapados
de una saliva amarilla y densa
como de azufre.
Camino deprisa por la ciudad,
me dirijo a casa,
casi siempre
a casa.
Hogar.
Sepultura y fortaleza.
Lluvia mansa.
Mis dedos de alfeñique
juegan con las llaves que me abren la calma
y resuenan en el silencio como dioses.
En cuclillas
me cubro la cabeza con las manos
en el salón.
Con la tecnología de Blogger.



0 comentarios:
Publicar un comentario