Y mientras tanto,
en el subsuelo,
en el submundo,
las ratas recorren los pasillos.
Con restos de espumillón negro
le ponen jergón a los nidos,
mastican
las sobras de la Nochebuena.
Y el viejo del Pez se muere de pena
que el veinticuatro le cierran el cementerio,
que no hay respeto a la cuarentena,
que nunca jamás pisó el adulterio
y que ella,
desde siempre,
desde el hambre,
desde el vientre,
ella,
dice,
ella siempre estuvo en la cena.
Y a aquel nene que llora
le falta una barriga llena
y un tesoro en la basura.
Que la madrugada es dura
para la nostalgia del pobre,
por mucho pan que a otros sobre,
y fría.
Y la ciudad con su letanía,
va manchando los ojos de luz,
ramera del nuevo día.
Y mientras tanto,
dede el subsuelo,
desde el submundo,
la rata asoma el hocico y la pereza,
hinchada de desperdicios,
ignorante
del vacío y la tristeza,
observa sus regalos,
grita a su prole
y su prole se endereza
y muerde los cartones,
presa de alucinaciones,
atiborrada de espanto
y ciega…
Y la desvergüenza es frenesí,
como en todos
y cada uno
de los inviernos en Madrid.



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