Ellos no ven
nada.
Ni el óxido
que chorrea en
las bisagras
de todas las
puertas cerradas
ni el luto de las
ramas del ahorcado
ni las esquinas,
plañideras,
en un viernes de
desagüe
ni el miembro
mutilado por el hambre
del soldado.
Sus ojos
no tienen carne,
sólo son un
accidente
goteando baba
blanca,
transparente,
en la botonera
del ascensor.
Condenando a las
hogueras
cualquier resto
de quimera,
no les queda,
ni siquiera,
una pizca
de dolor.
Son la inmóvil burocracia
de todas las
piedras.
Yo le temo a su
ceguera
pero ya nunca al
tambor
que llama a todas
las guerras
de vida y desfiladero.
Yo en su oficina
me muero
en sus coches,
sus domingos,
máscaras,
documentos…
Tomadlo por un
lamento,
si queréis.
Un llanto breve,
un vacío fugaz,
una elegía a su
atuendo,
un instante, nada
más.
Nada importante, que
yo…
yo me seguiré
moviendo,
que, a pesar de
su silencio,
yo no me duermo.
Qué va.



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