martes, 17 de mayo de 2016

A los dormidos.

Ellos no ven nada.

Ni el óxido
que chorrea en las bisagras
de todas las puertas cerradas
ni el luto de las ramas del ahorcado
ni las esquinas,
plañideras,
en un viernes de desagüe

ni el miembro mutilado por el hambre

del soldado.

Sus ojos
no tienen carne,
sólo son un accidente
goteando baba blanca,
transparente,
en la botonera del ascensor.

Condenando a las hogueras
cualquier resto de quimera,
no les queda,
ni siquiera,
una pizca
de dolor.

Son la inmóvil burocracia
de todas las piedras.

Yo le temo a su ceguera
pero ya nunca al tambor
que llama a todas las guerras
de vida y desfiladero.

Yo en su oficina me muero
en sus coches,
sus domingos,
máscaras,
documentos…

Tomadlo por un lamento,
si queréis.

Un llanto breve,
un vacío fugaz,
una elegía a su atuendo,
un instante, nada más.

Nada importante, que yo…
yo me seguiré moviendo,
que, a pesar de su silencio,

yo no me duermo.


Qué va.

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