El miedo sabe a metal,
como las espuelas del somier
clavándose en mi costado
en aquella mierda de hostal,
incitándome a galopar para buscarte.
El miedo es la llave de un hotel
de los de antes.
Habitación individual,
mercenario impagado del mal,
de la revolución de los papeles,
de un espejo en plano cenital,
de la tinta en huelga genital,
con baño en suite.
Y tiene sabor metálico
como la cerradura de este ático,
como la carcasa de los misiles,
como una lata
con migas de pan en la basura.
Como cada maldita duda.
Como un cañón.
Son los engranajes de tus rodillas
escapando de puntillas
por no despertarme.
Ilusa...
El miedo es la carne podrida
habitando en los huecos de las teclas,
una Olivetti oxidada,
dos clavos en dos muñecas
y un adiós por la mañana.
Y sabe a metal
como la sangre.
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