sábado, 29 de agosto de 2015

Evoluciona dentro de la gravedad

Por esos mundos de Dios, 
ateo yo,
encontré a una chica que llueve.

Llevaba un sombrero de paja y, ahora, 
algunas noches,
leemos cuentos por si se duerme.

Tiene un gusanito amaestrado
en el centro de mi mente,
el muy cabrón
me descoloca los retablos
pintados por el diablo
de todos los cuerpos ausentes.

Y ella,
que es capaz al mismo tiempo
de reír y de llorar,
no sé hasta qué punto es consciente
de lo que me pone el cielo gris,
la lluvia, 
y el olor de pelo empapado,
el suyo,
sobre el hombro más urgente.

Ella,
de momento,
recoge moras,
teje gorros de lana,
se asusta 
con los sonidos y las arañas...

Y yo me tumbo y la espero.

Soy, 
ya lo sabéis,

proscrito de los mañanas, 
de quedarme con las ganas,
y de sobra,
muy de sobra,

paciente.






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