Siento, a ratos, que os sobrevuelo.
Os observo,
veo vuestras cabezas
como minúsculas deposiciones de ratón
desde allá arriba.
Con tres dedos extendidos
bendigo la distancia que nos separa.
Yo tengo la palabra,
una perspectiva inmortal
sobre vuestra maquinaria
y el inmenso conocimiento que se os niega.
Después,
sin comunicación previa,
sin un olor preventivo,
vuelvo a ser deshecho,
la ceniza de un puñado de cigarros
por las calles de Madrid.
Insignificante.
Soy la filigrana del silencio que me forjo,
el retorno a la consciencia,
la soledad.



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