A unos treinta kilómetros de Madrid,
a través del sur de matojo y espera,
circulan trenes.
Y desde esos vagones,
atestados de cuerpos prescindibles
para mí,
de un puñado más de vidas
sobrantes en mi camino,
poco antes de las siete
del once de febrero
se puede observar el crepúsculo.
Hoy ha sido
The Graham Situation,
a tres cuartos de volumen,
el que ha apagado lo prescindible,
las voces llenas de caries
que me ensucian los viajes.
Y he podido
ver.



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