Ella es una trampa para todas mis miradas,
y se da cuenta.
También es la razón
por la que cruzarse con un sábado cualquiera,
el motivo
para quitarle los guantes al invierno
dos semanas antes de primavera.
Tiene un lunar en la mejilla
que deberían venerar los hipsters de museo,
no sé... en el Reina Sofía,
que supieran de una maldita vez
dónde se expone la vida.
Tiene dos hombros,
casi veinticinco sonrisas,
y una mente con tendencia a la entropía
por la que a veces me pierdo sin ninguna intención
de encontrar la salida.
También tiene vestidos donde enterrar las cuarentenas,
libros,
un cepillo de dientes,
y, desnudando la piel,
un alma con caderas,
un alma
que a veces me enseña.
Después la recoge
porque aún le da miedo,
porque no sabe todavía
que a mí,
lo que me gusta acariciarle
son las alas rotas.



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