Tú no lo sabes, pero son las cuatro, acabo de despertarme en el sillón, y en la teletienda anunciaban un envasador al vacío con el que la carne aguanta tres años en el congelador... tres años.
Y yo me pregunto quién coño quiere alimentarse de carne del pasado. Quién sería capaz de congelar tus curvas, tus cambios de rasante, la frontera del lóbulo desnudo de tu oreja izquierda, tus pupilas.
Tú no lo sabes, pero la gata me ha saltado al pecho para medirme el pulso, preocupada, y le he tenido que tranquilizar. La he explicado, con mucha calma, que esa arritmia ligera, simplemente, me la ha provocado imaginarte, a ti, guardada para consumirte después, troceada en el supermercado en lugar de a palabras, debajo de mis sábanas, después del sudor y las caricias.
Y lo cierto es que me he desvelado,
ahora hay silencio,
mañana trabajo,
te he echado un poco de menos,
y he odiado con delicadeza tus exámenes
porque esta madrugada todo me sale despacio.
No te lo he dicho, pero en el recital de hoy han hablado de ti. Sin saberlo, claro, con matices, cambiando algunos colores... pero yo me he dado cuenta.
Luego he caminado por Madrid el último repecho del invierno, pasando frío porque me he equivocado de chaqueta, despidiéndome de la tristeza en dirección contraria, saltándome semáforos.
Y un tipo me ha preguntado por el Templo de Debod en pleno Paseo del Prado,
cuando lo que me apetecía era hablarle de ti,
sin matices,
sin cambiar ninguno de los colores...
A mí la carne me gusta con piel,
y tuya,
y en presente,
desvestida de tus vestidos.



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